El adjetivo es la palabra que termina de dibujar la idea, un arma indispensable para el periodista. Matiza las preocupaciones, adorna las alegrías, explota las satisfacciones. Pone en su sitio a los enemigos y se hace cómplice de los amigos.
Unas veces falta y otras es redundante. El adjetivo mal elegido confunde al lector, distorsiona el discurso, estropea el párrafo y malogra la idea. Escaso, empobrece la pieza. Sobrio, templa la crónica. Certero, ilumina la página. Excesivo, empalaga la entrevista. Si es barroco, el texto huele a naftalina; si está de moda lo vulgariza.
El adjetivo puede ser la salvación o la trampa de un artículo. Un clásico, aquella crónica –en los años 90- sobre el espectáculo de belly dance que según el redactor ¨produjo un efecto laxante entre el público¨. (todavía se especula sobre cuál era el calificativo que buscaba). Pero… ¿y si no encuentra, si no atina a dar con el adjetivo adecuado? ¿y si todavía no existe?
Hay situaciones, ideas, experiencias, lugares, noticias… a los que no hay manera de ajustar el adjetivo exacto. Entonces, quien escribe reinicia su disco duro, pasa páginas a su glosario mental, empieza a escudriñar nervioso los recovecos de la memoria. Se esfuerza en encontrar analogías, una feliz asociación de ideas, referencias…Pero no surgen.
Eso es lo que probablemente le ocurrirá a los arqueólogos de otra civilización, cuando dentro de tres mil años, desentierren el hallazgo, inadjetivable, del Zooberto en Navidad.
Unas veces falta y otras es redundante. El adjetivo mal elegido confunde al lector, distorsiona el discurso, estropea el párrafo y malogra la idea. Escaso, empobrece la pieza. Sobrio, templa la crónica. Certero, ilumina la página. Excesivo, empalaga la entrevista. Si es barroco, el texto huele a naftalina; si está de moda lo vulgariza.
El adjetivo puede ser la salvación o la trampa de un artículo. Un clásico, aquella crónica –en los años 90- sobre el espectáculo de belly dance que según el redactor ¨produjo un efecto laxante entre el público¨. (todavía se especula sobre cuál era el calificativo que buscaba). Pero… ¿y si no encuentra, si no atina a dar con el adjetivo adecuado? ¿y si todavía no existe?
Hay situaciones, ideas, experiencias, lugares, noticias… a los que no hay manera de ajustar el adjetivo exacto. Entonces, quien escribe reinicia su disco duro, pasa páginas a su glosario mental, empieza a escudriñar nervioso los recovecos de la memoria. Se esfuerza en encontrar analogías, una feliz asociación de ideas, referencias…Pero no surgen.
Eso es lo que probablemente le ocurrirá a los arqueólogos de otra civilización, cuando dentro de tres mil años, desentierren el hallazgo, inadjetivable, del Zooberto en Navidad.
Articulo tomado del Diario Libre
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